martes, octubre 31, 2006



La calle lucía apacible; la muchacha enmascarada que barría la cuadra lo saludó con aquellos ojos vivaces que le disiparon, tantas veces, sus grises estados de ánimo. Entro a la casa que guardaba la transpiración de los objetos en el ambiente; entonces abrió la ventana por donde asomaba aquella Ponciana que extemporáneamente comenzaba a reverdecer, y la humedad metálica de la brisa marina le impuso, con la aguda voz de la vecina eternamente sojuzgada por el hermano adolescente, el sello definitivo del retorno a la cotidianeidad urbana. Se preparó un café, y mientras revisaba algunos documentos, escuchó a Michael Buble cuyo CD Tesia le había entregado cuando almorzaron en lo de Hugo, antes de su viaje; pero en el transcurso de unas cuantas canciones, decidió mudarse hacia el gran Hendrix con un toque de canabis, para retomar la perspectiva de los últimos sucesos. Había apagado el celular; esperaría al mediodía para comunicarse con Tesia. Sin desearlo, los acordes de la guitarra en Red House, evocaron aquellos momentos con Soledad en la playa antes de reunirse con el viejo pescador que les informaría sobre la situación del terreno para la “La Casa Noble”. Sebastián se levantó bruscamente, como intentando exorcizar aquel recuerdo, y se fue a tomar una ducha.

2 comentarios:

Oscar Pita-Grandi dijo...

"eramos tan solo salvaje obsesion o quizas, la vesanica liturgia para
transformar la eternidad, en instante verdadero
compuesto de soledades". Esto es de LA CASA VACÍA, donde no puedo dejarte mi aprecio por tu poesía. Estas lineas se me han quedado palpitantes, extrañamente.
Un abrazo.

IGGIX dijo...

oscar, siempre generoso. gracias.