viernes, diciembre 29, 2006



El cañaveral crepitaba bajo el silencio impuesto en medio de nuestra caminata nutrida por el cansancio y el hambre; el viento, como muletas aladas, nos facilitaba el andar sobre la arena teñida con otros pasos. Atardecía, mientras el Sol perseguía a las sombras entre las cañas con la perseverancia de un beagle tras su presa herida, Camila interpretaba una canción que Sebastián no conocía ni entendía, pero las inflexiones de su voz tan dulces como las de una madre amantando, limaban las esquinas más punzantes de su espíritu y aliviaban el peso sin volumen de su existencia; las notas de aquella aria, se alimentaban con el sonido de toda esa naturaleza desértica, pero intervenida, y otra en un instante. Llegaron a la carretera un poco retrasados según la hora convenida para el encuentro, y no había ni rastros de los conductores. Bebieron lo que quedaba de agua. Echados sobre la tierra, algunos dormitaron un poco, otros, construíamos historias a partir de los objetos que encontramos sobre el camino; luego, al despertar de aquel candente letargo, el “burro” prendió un porro a lo jamaiquino; nos pusimos a cantar en coro “Buffalo soldier” que brotaba por el i pod de Camila y bailamos al lado de esa huella negra que sensualmente se curvaba hacia otros destinos, mientras sus voces se extraviaban entre aquella inmensa y lítica soledad y sus movimientos cadenciosos se enganchaban como vagones de un tren orgánico, en el universo que compartían; de pronto se escuchó a lo lejos el rumor de unos motores y, a los pocos minutos, los rostros dibujados por tantos estíos aparecieron sonrientes frente a nuestro comunitario alucine. Cynthia y Sebastián recostados sobre costales, e inundados por el aroma y el sabor de las mandarinas y bananos que transportaban aquellos viejos agricultores, juntaron sus pensamientos bajo la noche apresurada que los observaba desde infinitas ventanas, evocando cada ola tatuada en su memoria.

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